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Chau Gitano

Sandro banfileño. Foto: donpatadon.

Por Analía Agostino (Inforegión)

Esos ojos negros se cerraron para siempre el lunes, apenas caída la noche, muy lejos de su Banfield y de sus calles adoquinadas, del barrio que de a poco fue bajando las persianas cuando se enteró de la noticia, de los vecinos que estaban orgullosos de ser sus vecinos y de ellas, sus “nenas”, que desde la tarde de ese mismo Día D se habían apostado en la puerta de su casa de Berutti al 200, como guiadas por la intuición de quien ama intensamente, para rezar en lo que después se supo sería la última vez.

Esos ojos negros, gitanos e incitantes se cerraron cuando la muerte le ganó finalmente la pulseada, no sin que él, antes, peleara una cruenta batalla por la vida. Con la misma fuerza con que salía al escenario y hacía estallar mil suspiros, con la misma garra con la que a los veintipico movía la pelvis al compás de la música de Elvis para que las adolescentes nuestras y de América deliraran, ante la observación escandalizada de madres y de abuelas que disimuladamente también miraban de reojo.

Y su gente lo despidió masivamente. Porque él fue fuego, fue sangre, fue pasión, porque fue “Gitano” y fue “Muchacho”, fue caballero y fue villano, ladrón de mesuras y corazones, y porque fue ese morocho bien argentino, de boca perfecta, de manos pintadas, de poesía en el canto y en la mirada, de poesía en la voz, de poesía en el alma…

Luego de una lenta agonía, y 45 días después de un trasplante cardiopulmonar que se hizo el 20 de noviembre y al que lo obligó la Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC) que padecía, Roberto Sánchez, o mejor Sandro de América, murió a los 64 años en Mendoza, tras una serie de complicaciones que culminaron en un shock séptico que no pudo superar.

Y entonces el hito se convirtió en leyenda, y la leyenda comenzó a levantar vuelo en el mismo Banfield que lo vio crecer y consolidarse como uno de los más grandes hitos de la historia de la música del país y del continente: apenas la noticia de su muerte llegó a Buenos Aires, enseguida el paredón que protegió celosamente y durante más de 40 años su vida privada, se llenó de flores y de carteles que le decían cuánto había significado en la vida de Beba y de Ofelia, de Nilda y de Mirta, que como tantas otras miles podían ser de Berisso o de Lugano, de San Martín o de Flores, de Valentín Alsina, de Lanús, de Lomas. Y 48 horas después, tras un multitudinario Adiós en el Congreso, la región casi entera salió a la calle para aplaudir su paso en el cortejo fúnebre, para tocar el auto que lo trasladaba hasta el cementerio de Burzaco donde fue sepultado, para darle el último abrazo simbólico al ídolo que nunca dejó de ser del sur, a pesar de que la fama lo impulsara tan alto.

Familias completas salieron a la calle para despedirlo y coparon la avenida Yrigoyen desde Avellaneda hasta Almirante Brown, pero entre esas familias, -donde inclusive los hombres también lloraban- esas que algunas vez recortaron sus fotos cuando adolescentes y que entonces veían partir al amor imposible y al dueño de tantos sueños, sobresalían de dolor entre los presentes y seguían gritando un amor de 15, tan soberbio como la mismísima muerte.

“Sandro fue mi vida entera, mi amor, nunca voy a dejar de amarlo. Por él cobré más de una paliza de mi papá, por él me escapé, por él lloré, por el viví los momentos más lindos de mi vida. Sé que va a estar bien, pero ahora me va a faltar algo”, decía a Info Región, entre lágrimas, Carmen Galván, mientras esperaba la caravana que traía al Gitano, que avanzaba lenta por la avenida donde miles de fans o tan sólo de gente que le reconoció la magia salía a arrojarle una flor a ese pibe entrador que salió del Conurbano, y que supo poner a América a sus pies.

El pibe que quiso ser Elvis. Roberto Sánchez nació el 19 de agosto de 1945 en la Maternidad Sardá, de la Ciudad de Buenos Aires, pero su infancia y su adolescencia las vivió en Valentín Alsina, Lanús.

Fue hijo único de Vicente Sánchez e Irma Nydia Ocampo, y también estudió en la región: cursó la primaria en la Escuela 3 República de Brasil, en la calle Valentín Alsina 3018, de la misma localidad donde la vida lo vio dar sus primeros pasos.

Según él mismo aseguró, fue amante de la música desde chico, tal vez por eso pisó por primera vez un escenario a los 12, el 9 de julio de 1957, imitando a Elvis Presley en un acto escolar.

A los 13 años el llamado de la guitarra fue más fuerte que el de los libros, por eso dejó el secundario y tal vez para compensar, empezó a trabajar para ayudar a sus padres. “Con mi viejo repartíamos vinos, hoy sería lo que se dice un ‘delivery wine’. Ahí me dí cuenta que tenía ciertas aptitudes vocales, porque tenía que gritar fuerte para que me escuchen desde los fondos”, bromeó el día en que lo homenajearon en el Congreso Nacional, en 2006.

Sin embargo, cuando volvía de caminar las calles de Lanús con el reparto, el tiempo de ocio lo llenaba con el que tal vez fue su primer amor: la música, y junto a un amigo, Enrique Irigoytía, decidió animarse a un dúo de voces y guitarras.

Después de varios concursos, donde había empezado a entrenar la voz haciendo covers, el dúo mutó y se transformó luego en grupos como El Trío Azul y el dúo Los Caribes.

En los ‘60 fue cuando Roberto Sánchez pasó a ser Sandro, y nació entonces ese artista que ya se perfilaba netamente seductor y que formó el grupo Los Caniches de Oklahoma. Ahí fue cuando grabó su primer single, un rock en español de su autoría que gritaba en el título su origen lanusense: “Comiendo rosquitas calientes en el Puente Alsina”, tal vez una de las primeras canciones de rock grabadas en Argentina.

Y en 1961 Sandro trepó el primer escalón hacia la fama: llegaron “Los de Fuego”, grupo con el cual el morocho de ojos gitanos se consolidó entonces como el pionero del rock nacional.

Sandro, el Gitano de Banfield por siempre en nuestros corazones

Sandro, el Gitano de Banfield por siempre en nuestros corazones

El 13 de septiembre de 1963 grabó su primer disco, y a mediados de 1964 “Los de fuego” llegaron por primera vez a la televisión: el debut fue en “Aquí la Juventud”, pero la consagración y con ella la popularidad que no lo abandonaría jamás apareció en los Sábados Circulares de Nicolás “Pipo” Mancera. En esa época ya habían explotado las primeras imágenes donde se vislumbraba el ángel de su singularidad: las familias, que en esos tiempos se sentaban delante del televisor, veían entonces cómo las más chicas de cada clan disimulaban la euforia que les desataba ese pibe de pelo renegrido y revuelto, de patillas largas y labios gruesos, que se tiraba al piso para cantar, y que se sacudía a un ritmo demasiado provocador para la época.

“Yo me acuerdo que mi viejo, si estaba Sandro, me hacía apagar la televisión porque decía que era un irrespetuoso, un mal educado. Entonces con una amiga nos íbamos a llorar al fondo de casa, porque a ella la madre tampoco la dejaba verlo. Lo escuchábamos en el Winco que me habían regalado para los 15. Él fue un genio, rompió con todo”, contó a Info Región Zunilda Torres (55), vecina de Banfield y seguidora desde entonces del Gitano, resumiendo un poco lo que pasaba con las primeras apariciones de Sandro.

Lo cierto es que después del lanzamiento de sus primeros dos LP, antes de finalizar 1965, se disolvieron Los de Fuego, y Sandro formó una nueva banda, The Black Combo, que era un homenaje a Bill Black, bajista de Elvis.

En 1966 salieron a la venta dos álbumes más y en el último, “Alma y fuego”, el Gitano comenzó a perfilar su orientación hacia ritmos más latinos.

A mediados de 1967 lanzó su último álbum de la etapa roquera, Beat Latino. Después llegaron las baladas, el romanticismo y la poesía hacia la figura de la mujer, a la que siempre sublimó.

“Sandro tenía el don de cantarles como un caballero, pero hacerles soñar a ellas sueños de villano”, dijo alguien algún día para referirse al Gitano. Sin embargo, ellas hacían otra lectura: “Él nos hace sentir a todas hermosas, a todas importantes, a todas princesas. Por eso es el novio de todas”, había dicho una de sus nenas a Info Región el 19 de agosto de 2007, en el que fue el último cumpleaños en que él salió a saludarlas a la puerta de su casa de Banfield.

En febrero de 1968 Sandro volvió a ganar en el Festival de Viña del Mar, en Chile, y eso le abrió las puertas de los países latinoamericanos: Venezuela, Colombia, Perú, Uruguay, Paraguay, Ecuador, México, Puerto Rico, Costa Rica y República Dominicana temblaron a su ritmo y contagiaron el furor a las comunidades latinas radicadas en Estados Unidos.

En 1969, el gran salto lo dio con “La magia de Sandro”, su octavo álbum: allí la poesía desbordante de “Penumbras”, la tristeza que irradiaba la letra de “Así”, el optimismo de “Tengo”, o la sublimada dulzura de “París ante ti”, entre otras, lo instalaron en la cima del delirio de millones de adolescentes a las que hasta el final él seguía llamando sus “nenas”.

Desde 1969 hasta 1980 Sandro protagonizó 12 películas y lanzó 35 álbumes. El 2 de agosto del ‘69 recibió en Nueva York un disco de oro por haber sido el artista latinoamericano con mayor cantidad de copias vendidas en los EE.UU. En abril de 1970 se convirtió en el primer artista latino en actuar y llenar el Madison Square Garden, en Nueva York. Llevó su magia a todos los países de las Américas y el Caribe, incluyendo EE.UU. y Canadá, alcanzando los primeros lugares de todas las listas de la canción popular latinoamericana.

En los ‘90 volvió a los escenarios, esta vez el del teatro Gran Rex, para celebrar sus 30 años de abrazo a la música. Y en 1996, en medio de los rumores que ya circulaban sobre su estado de salud, estrenó en Rosario el recital Historia viva. Dos años después presentó un nuevo espectáculo, “Gracias, 35 años de amores y pasiones”, y en 1999 ganó el Premio Carlos Gardel de Oro.

En noviembre de 2005, el reconocimiento llegó desde Los Ángeles, donde le otorgaron el Grammy Latino, y en agosto de 2006 fue el Congreso de la Nación el que le besó la frente y le dio gracias por su trayectoria.

El muchacho de pelo revuelto, patillas y seducción indeclinable editó 52 discos, actuó en 13 películas y vendió más de ocho millones de copias. Y lo grandioso es que fue el mismo que comenzó a caminar en Lanús, el que vendía vinos por las calles de Alsina, y el que después eligió a Banfield para vivir, en 1969, cuando recién se asomaba en sus ojos ese que lo alejaba de Roberto Sánchez para convertirlo definitivamente en el novio de América, en el Gitano de Banfield, en el novio de todas…

La última despedida de miles de banfileños al Gitano

Una despedida interminable. Sandro falleció el lunes a las 20.40 en el hospital Italiano de Mendoza, donde había sido internado el 20 de noviembre para ser trasplantado luego de que el EPOC avanzara a tal punto de no dejarlo respirar por sus propios medios. Si bien la operación fue exitosa, la muerte se produjo por una serie de complicaciones posteriores que derivaron en cinco intervenciones más y en un shock séptico del que no pudo sobreponerse.

Apenas se conoció la noticia, de manera paulatina su casa dejó de ser casa y se convirtió en un altar. La tristeza calló las voces que cada 19 de agosto hacían desbordar de delirio al tranquilo barrio adoquinado de Banfield, y las caras se ensombrecieron, aparecieron las velas, las flores y el silencio, entre los vecinos y entre las nenas, que hasta último momento le profesaron amor e incondicionalidad.

“Siento que despido a una parte muy importante de mi vida. Con Sandro se va mi amor imposible, mis años de juventud, son un montón de recuerdos los que se van con él. Nosotras sólo queríamos que viviese bien un poco más, no tendría que haber muerto. Cómo él no va a haber otro, era el único. El más grande”, sollozaba Nilda González (57) el martes frente al paredón de la casa de Berutti, y mientras en el Congreso Nacional comenzaban a ser velados los restos de ese amor que fue de tantas.

Entonces el muro de cemento y piedra se fue llenando de mensajes, escritos en cartulinas, en papeles, en fotos que alguna se mostraron a las amigas con el orgullo de la que había tenido al Gitano al lado: “Dios, lloro porque te lo llevaste, pero te doy las gracias porque nos los diste”, citaba Mariana de Brandsen, en un papel blanco que había pegado en la puerta. “Sandro, le cantaste a la vida, al amor, a la mujer: Gracias querido, buen viaje”, decía una anónima cartulina roja, otra más entre tantas.

Y después llegó el día del Adiós y ahí la convocatoria fue masiva. Familias enteras se adueñaron de la avenida Yrigoyen, familias que se mezclaban con las mujeres que siempre lo siguieron, vecinos que hasta dejaron la oficina para salir a homenajearlo, en la calle, desde los balcones.

La avenida devino en un lugar público para llorar al ídolo que partió. Al irreverente que fue rival de todos los hombres, al mago que transportaba con la canción, a Sandro que fue de América, pero tan de Banfield que hasta salieron las banderas del Taladro a despedirlo.

Sandro hizo el último camino a su casa antecedido por los bomberos de la ciudad que eligió para vivir. El cortejo se detuvo unos instantes en la puerta, y ellas estallaron de dolor, quisieron tocarlo por última vez, bañarlo en lágrimas. Decirle que lo amaban.

La caravana tomó Acevedo y retomó Yrigoyen por Grigera. El mundo de gente era interminable e incalculable, pero no hubo grandes aplausos, ni más coreos, ni gritos. La región despidió a su vecino más ilustre inmersa entre la emoción y la tristeza.

El Gitano llegó a Burzaco cobijado por un abrazo que parecía no terminarse nunca. Y la muerte calló a su voz, pero no podrá silenciar la leyenda.

Quizás desde algún lugar él sonreía de costado y enfocaba esos ojos negros y profundos en tanto cariño junto, en tanto llanto cerrado, en tanto amor. Los mismos ojos que despertaron tantos suspiros y que se cerraron para siempre tan lejos de ese Banfield al que quiso volver para decir Adiós, una tardecita calurosa de enero en que Buenos Aires se quedó sin rosas, porque todas se rindieron a su paso.